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viernes, 14 de mayo de 2010

Lo specchio, la maschera e l'uomo.

Desde el principio de los tiempos el ser humano ha llevado la misma rutina día tras día. Despierta, se alimenta y se prepara para un nuevo día, hasta le momento nada nuevo.
 



Pero es con el paso de los siglos cuando estas primeras actividades, que comenzaron siendo tan inocentemente simples, han ido adoptando una serie de cambios. Por ejemplo, en el s. XIX el concepto "asearse" no existía, en cambio a mediados de s. XX encontrarse a alguien desarreglado por la calle era poco más que un delito.



Y así uno tras otro cambio hasta que, finalmente, llegamos a la realidad, en la cual nos levantamos, duchamos o aseamos, desayunamos y, finalmente, llegamos a la última parte del proceso, mirarse en el espejo.



Un acto bastante inocente en principio ¿no creeís? Bien, en muchas culturas este objeto ha sido tema de polémica durante varios cientos de años. Romper un espejo, capturar el alma, descubrir tus más ansiados anhelos, la culturas (sobre todo occidentales) han desarrollado diferentes opiniones a lo largo de la evolución del hombre.



Pero por favor, nada queda más lejos de la realidad, la verdad función del espejo es... reflejarnos.


Pero no os confundais, jovenes e inexpertas mentes, este acto no se reduce al simple hecho de reflejar lo que aquello esté a su alcance. Como bien dice el proverbio "no es oro todo lo que reluce" o también "las apariencias engañan".



Cuando nos quedamos esos breves instantes ante la dama de cristal, esta nos atrapa, nos retrara, hace una nítida captura de nuestra esencia, de lo que somos, nos descubre el verdadero rostro que llevamos bajo la traslucida máscara que nos ponemos al despertar y nos quitamos al acostarnos.



En resumidas cuentas, aunque no haya sido objeto digno de estudio a lo largo de la evolución de la inteligencia humana, el espejo siempre será un enigmático instrumento, en el cual descargaremos nuestras penas, alegrías, histerias y así muchos más sentidos que, desgraciadamente hoy día quedan fuera de nuestro alcance y, por todo ello, existen las almas en pena, desgraciadas, sin camino.



Almas que anhelan un amor sincero, un amistad perpétua o, simplemente, la más sincera de las sonrisas.

Es por estas quimeras controladoras del verso, de la lágrima y del beso, por lo que hoy día el amor del mundo está amordazado, tiritando de frío y rogando auxilio.

Por la máscara y el espejo, por tí, por mí, por el hombre.

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